NO TE RINDAS ANTE EL DUELO 1
Queremos comenzar este mensaje que hemos querido llamar: No te rindas ante
el duelo parte 1, diciéndote que un duelo es la reacción psicológica
ante una pérdida de algo o de alguien. Se trata del impacto producido
en las emociones, pensamientos, hábitos, conductas de relación
con los demás, etc.
La intensidad, duración y características del duelo dependen de la pérdida acontecida en la realidad y de la actitud que se tenga ante ella. Así y todo, lo fundamental es lo que representa esa pérdida para esa persona en particular, y cómo entra a formar parte de la serie de pérdidas que toda vida acarrea. Porque lo que nos marca no es lo que la vida hace con nosotros, sino lo que cada uno hace con lo que se va presentando en este peregrinar aquí en este mundo. Es decir, la clave no reside en los acontecimientos, sino en cómo nos los tomamos, la manera en que los significamos, qué movilizan desde el inconsciente, el modo en que los afrontamos o los tapamos. ()
Hoy será bueno que te cuestiones, que te preguntes: ¿Cómo te ha herido la pérdida? ¿Qué estás haciendo con la herida? ¿La observas, la admites, te cuestionas a partir de ella, la cuidas, aplicas alcohol espiritual como el perdón, y las gasas de amor incondicional hacia ti mismo, hacia ti misma, hacia quien terminó su misión aquí en la tierra? y después dejas esa herida al aire del Espíritu Santo para que vaya cicatrizando verdaderamente? ¿O haces como si no estuvieras herido ante ti mismo, ante ti misma y ante los demás, no dejándote sentir ni compartir el dolor, la rabia y otras experiencias sanas y necesarias, aunque duras... y barres la herida bajo la alfombra de una actitud cerrada y negativa, donde se pudrirá pero no desaparecerá ni curará? ¿O te quedas adherido, adherida a la herida, y pasa tiempo y tiempo pero sigues prendido, prendida a la herida sin poder mirar ni más allá ni más acá de ti mismo, de ti misma, haciendo girar la vida en torno a la herida sin permitir que cicatrice?
Porque ¿sabes? escapar de lo que te duele o aferrarte al dolor conduce al sufrimiento. Así, lo que podía haber sido un duelo sano y necesario para crecer, se torna en trastornos de ansiedad, miedos, fobias, depresión, aislamiento, angustia, dificultades sociales, y en algunos casos de locura.,etc.
Pero antes que continuemos, será bueno que distingas algunos tipos de pérdidas: En las etapas del crecimiento está la pérdida de la niñez para ganar la adolescencia, pérdida de la adolescencia para entrar en la adultez. Pérdida del país y en el caso de los emigrantes, pérdida de las tradiciones culturales. Pérdida de bienes materiales, del trabajo, de estatus, de roles sociales... Pérdidas de vínculos afectivos como amistades, pareja, familia. Pérdida de la salud de uno mismo o de un ser querido enfermedades, deterioros físicos, amputaciones, estados terminales. Pérdidas de facultades. Pérdidas de proyectos e ilusiones. Muerte de un ser querido.
Por dolorosas que puedan ser, las pérdidas nos colocan en un duelo cuya elaboración representa un paso de gigante en el crecimiento personal si se tiene buena actitud. Necesitas saber perder, saber dolerse, porque saber dejar ir, será abrirte a ganar, y recuperar la alegría de vivir.
Aquí nos referimos al duelo por la pérdida (abandono, separación o muerte) de una persona amada. Lo que duele no es sólo separarse, sino más bien aferrarse más intensamente que nunca a lo que representa quien perdimos. Así, el dolor no se debe tanto a la ausencia del ser amado, sino a tenerlo demasiado presente, más presente que nunca, amándolo más intensamente ahora que lo sabemos irremediablemente perdido. El dolor, más que dolor de pérdida, es dolor por estrechamiento de los lazos con lo que representa el ausente. Duele la presencia (u omnipresencia) viviente del ausente en mí.
El duelo sano es un trabajo a realizar: no perdemos a alguien cuando muere o se va, sino que lo perdemos solamente después de un prolongado y necesario periodo de elaboración. El duelo patológico acaece cuando no hacemos esa elaboración, cuando no dejamos ir a quien desapareció y a lo que desapareció con él, cuando nos anquilosamos agarrados a lo perdido, cuando fijamos la vista psíquica en lo que se fue y no podemos apartar la vista hacia otros seres, lugares, actividades, ilusiones... En el duelo patológico una acaba perdiéndose y desvaneciéndose de sí mismo en lo que ha perdido, queda identificado y fundido a lo perdido; en el duelo sano uno puede empezar así, pero acaba reconquistándose a sí mismo y a otros.
En el inicio del duelo uno está firmemente apoyado en el ausente: uno está en el que no está. La elaboración del duelo consiste en avanzar paulatinamente hacia el apoyo en quien está: uno mismo. Hacer el duelo no es olvidar a quien se fue, sino traer primero el recuerdo minucioso del ausente y de las vivencias presentes, es decir, recorrer la herida abierta. Esto posibilita ir soltando la manera torturante de recordar y de asir lo ido, para progresar hacia la cicatrización de la herida: entonces, recordar no atormenta, y lo ido ha sido desasido.
Con esa persona que has perdido, de pronto, pierdes la imagen de ti que te permitía amar. Hoy te falta aquel, aquella a quien le dabas lo que te falta. Te falta quien te daba lo que le faltaba. Somos seres en falta es decir, carentes desde que nacemos, por eso amamos, deseamos y hacemos. Y cuando nos falta la persona amada, acontece un tiempo con principio y final en que la falta parece invadir nuestro ser conmoviendo sus cimientos e inmovilizándolo. Es diferente vivir en falta porque el ser humano es así: Dios nos hizo para amar y recibir amor, es la tarea de vida de todos, durante toda la vida, pero lo que no será bueno para ti, hoy ahora que pasas por esto, vivir engullido, engullida, aislado, aislada únicamente por la falta del ausente, pues hablando por fe, Tu centro real no era esa persona sino Dios. Dios es el verdadero amor que puede saciar de verdad tu corazón, tus entrañas, tu vida, todo.
Los duelos son inevitables en la vida; de hecho, son parte de la vida. Para quienes como tú que están pasando por una pérdida, sea cual sea esta pérdida-, lo importante será querer darte cuenta de que puedes sobreponerte al dolor si realmente te amas como Dios te ama, si realmente amas por sobre todo al Señor Dios y también si quieres dar un paso más hacia la madurez hasta lograr de la mano de Jesús recuperarte y seguir hacia delante en esa hermosa misión que tienes de tender siempre una mano a quien se encuentra en peores situaciones que tú.
Será bueno para ti que escuchas, que aunque se tenga una fe adulta en Dios y en la resurrección, toda persona tiene que pasar por una etapa de dolor y duelo ante la pérdida de un ser amado como dijimos al principio, sea por abandono, separación, divorcio, o muerte o ante la pérdida de un miembro del cuerpo propio, de la salud o del trabajo. Este dolor tan intenso, que provoca un duelo, es lo que nos lanza a pedir ayuda y a encontrar consuelo, y seguros estamos que vas a encontrar esa fuerza y ese consuelo en tu interior, donde habita Dios con todo su poder y ternura.
En este proceso del duelo te convendrá ser lo más dócil que puedas y si tú quieres, podrás ser maleable, manejable, adaptable y dócil a la gracia de Dios, porque de otra manera, si utilizas la rebeldía y cerrazón como una manera de darte seguridad a ti mismo a ti misma, lo que te ocasionarás será más dolor y tu duelo no será sano, por lo tanto será más difícil de superar.
Aunque
estamos diciendo que parte de la vida son los distintos duelos, en este mensaje
nos enfocaremos más en hablar sobre cómo superar por la fe adulta,
el duelo por la pérdida por muerte de un ser querido tuyo. Así
que para comenzar, allá en tu corazón, por unos momentos dile
al Señor Dios:
“Padre Celestial, tú sabes cómo me siento, tú sabes
cuán hondo es mi dolor, pero Padre, también se cuán profundo
es tu amor por mi y por cada uno de tus hijos. Se que has recibido en tu amor
a mi ser querido y que él o ella o ellos ya no sufren, antes bien él
o ella o ellos ahora están comenzando a vivir realmente en plenitud,
en tu Presencia.
Se
que mi ser querido ahora está en tu paz, porque está en ti.
Te pido Padre, la sabiduría necesaria para aceptar este hecho con paz.
En el nombre de Jesús y por todo lo que padeció por mi en la
cruz, acepto este paso hacia ti de mi ser querido y este paso mío,
para continuar en esta vida cuantos días me tengas destinados, deseando
cumplir el Plan de amor que has trazado para mi. Sólo por tu amor que
me sostiene y me llena, es que ahora mismo te digo:
Todo está bien Padre, ¡Hágase! “Yo no se nada Padre
mío, solamente se que me amas, entonces quedo en silencio en mi mente
y no me martirizo más. Haz de mi lo que quieras porque se que tú
me amas, porque tú eres mi Padre, amén”.
La muerte física pues, es la parte final del proceso que todo ser humano desarrolla cuando comienza a vivir.
Escucha bien lo que vas a oír: Dios Nuestro Padre, al hacer la creación, hizo leyes por ejemplo las leyes cósmicas, la ley de la libertad humana, la ley de la naturaleza, y a estas leyes, las respeta y así, todo ser viviente por ley natural nace, crece, se reproduce y muere. Podríamos decir que morir es normal dentro de la ley de la naturaleza.
La misma Sagrada Escritura en el libro del Qoelet o del que dirige la asamblea o mejor conocido como Eclesiastés 3,1.2 y del 4-6 nos dice: “En este mundo todo tiene su hora. Hay un momento para todo cuanto ocurre:
Tiempo para nacer, tiempo para morir, tiempo para llorar, tiempo para reír, tiempo para estar de luto, tiempo para estar de fiesta, tiempo para abrazarse, tiempo para separarse.
La muerte física, es inevitable para todo ser viviente, y aceptar nuestra muerte o la muerte de nuestros seres queridos, no será rendirse pensando que fueron víctimas de alguien o que tú que escuchas eres víctima desamparada y olvidada, no. En realidad morir es la última escena de la vida, es una oportunidad para el crecimiento si aceptamos por fe adulta de dónde venimos, para qué estamos aquí y hacia dónde caminamos.
Así que podríamos decir que el duelo es ese proceso normal que sigue a la pérdida de lo inmensamente querido. En sí mismo, el dolor que se siente en la pérdida, no es malo, no es lo que nos destruye. Lo malo, lo que puede destruirnos es la actitud que tomamos ante los hechos que no podemos cambiar. ¿Sabes? El dolor puede ayudarte a crecer si lo ves cara a cara de la mano de Jesús.
Hoy sabemos que la mente es poderosísima y gracias a ella y al amor inmenso de Dios que te sostiene en todo momento, te darás cuenta de que por intenso que sea el dolor, será tolerable. De hecho, si logras vencer el dolor en alguna área de tu vida, seguro que podrás vencerlo en otras. Quizá padezcas mucho los primeros días, pero será tolerable, porque tu pensamiento afianzado en Jesús será más fuerte que cualquier dolor.
Gracias a la fe que Dios depositó en tu ser desde toda la eternidad, sabes que vienes de Dios y estás aquí para pasar la vida como Jesús, haciendo el bien a cada ser humano...estás aquí para ser como Jesús, para amar, ese es el verdadero sentido de tu vida, y sabes que caminas hacia la casa del Padre, es decir que cuando entregues tu espíritu él vendrá y te llevará para vivir con él, en su amor, eternamente como ha recibido a tu ser querido.
Lo más sabio que puedes hacer desde hoy, es prepararte para aceptar los inevitables cambios en la vida, el dolor que causen ciertas enfermedades o separaciones, prepararte para encontrar la muerte con una actitud positiva y con una verdadera paz interior, será uno de los mayores retos en tu vida, más esto no lo lograrás tu solo, sola no, sino con la gracia del Señor, con su ayuda y tu buena y positiva actitud.
Saber que tu felicidad no es nadie afuera ni nada material. La felicidad es Dios en tu corazón, la felicidad es una actitud positiva que sólo podrá venir de ti. Despierta y date cuenta que ese ser humano que ya no está más en tu vida de manera física, no era tu felicidad. Los apegos no son amor verdadero. La dependencia afectiva no es amor verdadero. Quizá te suene duro todo esto, pero te ayudará a sacudirte, a levantarte en el nombre de Jesús y a continuar tu vida hacia delante, siempre mejor, porque tú que estás aquí, tienes derecho a vivir, a darte la oportunidad de vivir la felicidad que consiste en vivir con sabiduría, con alegría a pesar de todo, en obediencia siempre a la Palabra de Dios, deseando realizar el Plan de Dios sobre tu vida que es que a cada momento seas como Jesús el Señor.
Para vivir con sabiduría este duelo necesitarás la humildad y un gran amor al Señor Dios.
Tú que escuchas, necesitarás querer tomar la vida en serio pero con fe adulta, esa que se apoya sólo en Dios. Necesitarás querer convertirte a Él, entregarle tu vida para que Él que sí sabe, disponga lo mejor para ti. Por otro lado, ciertamente todo depende de Dios, pero también dependerá de ti el que aceptes con paz hechos inevitables de la vida. Te bastará siempre su gracia y Él es tan bueno que siempre la tendrás, pero la gracia de Dios, necesitará forzosamente de tu colaboración humana pues Dios, no puede salvarte o sacarte de donde estás, si tu no quieres –dice Agustín de Hipona-.
La Madre Teresa de Calcuta dice que la muerte no es el fin, no. La muerte es sólo el comienzo. La muerte es la continuación de la vida. Eso es lo que significa la vida eterna; es donde el alma encuentra a Dios para estar en su presencia, para ver a Dios para contemplarle en su luz, en su profunda paz, en su interminable e inmenso amor, para hablarle, para continuar amándole con todo el amor.
En la muerte –nos sigue diciendo-, sólo entregamos el cuerpo pues el corazón, el alma, el ser siempre vivirán. El ayer pasó y el mañana aún no ha llegado; debemos vivir cada día como si fuera el último para que cuando Dios nos llame, estemos dispuestos y preparados a morir con el corazón limpio.
La experiencia de Margot Grey, quien murió clínicamente pero que aún no era su hora y regresó a la vida, cuenta lo siguiente, escucha: “Me sentí como si hubiera salido de la oscuridad a la luz. Sentí que volvía a nacer. Se qué estoy aquí por un propósito, que es parte del plan de Dios. Siento que estoy aquí para aprender la ley de Dios y para amar incondicionalmente. Desde mi experiencia, ya no me contento con vivir sólo por mi. Mi satisfacción viene de desarrollar todos los dones que el Señor me ha dado para poder servir a los demás. Las cosas materiales han dejado de tener importancia. Las verdaderas riquezas, están dentro de nosotros”.
Sí, quienes han vuelto a vivir después de haber cruzado el umbral de la muerte, han comprendido que lo que cuenta entonces no son las grandes acciones o las que impresionan, sino la intención con que se hace hasta la acción más simple de la vida cotidiana y la misericordia con que se trate a uno mismo y a los demás.
Quizá ha llegado el momento de preguntarte personalmente:
¿Cuánta
ha sido mi disponibilidad para ocuparme de los demás, para escucharles
y atenderles cuando necesitaban ayuda? ¿Cuánto respeto y comprensión
he puesto en las relaciones con los demás? ¿He estado frecuentemente
dispuesto, dispuesta a ir más allá de mis límites y decidir
con la gracia de Dios y con valor, sanar las viejas heridas y vivir auténtica
y realmente? ¿Cómo es mi relación con Dios? ¿Busco
momentos especiales diariamente para estar con él, frente a su Palabra
en silencio, en amor y soledad que sanan? ¿Creo libre y voluntariamente
que Él es mi rey, mi Centro, mi Dios, mi motivo de vivir, mi Todo?
¿Le he entregado mi ser entero libre de apegos y amo desde Cristo,
humana y divinamente?
O ¿Camino por esta vida mendigando cariño, buscando ser el centro
de la vida de otros y hago pequeños dioses de los demás? Ahora
mismo, ¿He decidido infantilmente encerrarme, aislarme, hacerme un
dios a mi medida y según mi capricho egoísta de no soltar, de
no dejar ir a quien para Dios ya era momento de irse? Digo que él o
ella o ellos están aquí, y me aferro a ello sin aceptar que
él o ella o ellos necesitan que les libere, les desate para que puedan
y yo pueda vivir la vida que Dios quiere, ellos en Dios y yo aquí en
esta tierra también en Dios?
Muchos sufrimos sin necesidad es decir que en la vida es normal el dolor pero no el sufrimiento y la diferencia es esta: Me duele muchísimo la cabeza o las muelas o el cáncer que llevo en la vejiga, es normal porque mi cuerpo está avisando que algo está mal ahí, o hay tensión o picadura o un tumor canceroso, y la reacción que yo tome ante esto será lo que me provoque sufrimiento.
Si busco ayuda sea en la medicina alópata o natural o medios alternativos como la acupuntura o la magnetoterapia y no mejora, lo que va a hacer que yo sufra será mi resistencia al dolor y no el dolor mismo, pues cuando se acepta lo doloroso de la vida de la mano de Jesús el Señor, es decir, las infidelidades, la hipocresía de los demás, la indiferencia, la necedad, la misma enfermedad, las separaciones, la muerte etc., te dolerá un tiempo sí, pero si te abres en fe adulta al amor misericordioso de Dios, a la vez humilde y poderoso, tu vida se parecerá a ese mar que superficialmente experimenta la tempestad pero en su profundidad se mantiene en paz y luego todo él, cuando la tempestad superficial pase, se mantendrá en la alegría de las aguas serenas.
La Palabra de Dios dice que “Al enfermo, al que sufre, lo levanta su ánimo”.
Lo mismo pasa con la muerte. Si te resistes a aceptar el hecho natural de que tus seres queridos van a morir o tu mismo, tu misma vas a morir, es muy posible que esto comience como una pequeña bola de nieve que a su paso va arrastrando más y más hasta ahogarte interiormente, convirtiendo tu corazón en un plomo pesado o peor, te vuelvas insensible o incrédulo, sin esperanza, entonces, en vida, ya estarás muerto, muerta porque así lo has decidido.
Hay personas que por no aceptar con cierta madurez los golpes de la vida, deciden enloquecerse.
Dios no manda ni enfermedades ni la muerte. Si Dios enviara las enfermedades y la muerte, Jesucristo no hubiera tenido como ministerio predilecto el curar, ni el resucitar a los muertos, porque sabía que el designio de su Padre Celestial es que todos tengamos vida y vida en abundancia. Y hoy el muerto no es quien se fue, porque ahora está verdaderamente vivo. Hoy el muerto eres tú que tal vez estés ensimismado, ensimismada, pensando que tu dolor es el más grande del mundo.
Mi hermano, mi hermana que escuchas, el morir es normal, Sí, el morir es normal, es la parte final del proceso físico de nuestro cuerpo, pero después de la muerte continúa nuestra vida gracias a Dios. Él es nuestra vida ahora, y por siempre.
Este mensaje tiene el objeto de ayudarte en el proceso natural del duelo. Tiene el objeto de que tú mismo, tú misma eduques tu interior, tu mente para acoger serenamente a la muerte, aceptando con paz que todos necesitamos morir algún día para luego descansar en paz por una eternidad.
Es normal que de pronto, ante la muerte de un ser querido estés como despedazado, con un dolor que como espada te atraviesa el alma. Dolor que puede hacerte exclamar ¡No puedo más! ¡Yo no voy a aguantar esto! Pero hoy te decimos: ¡Ánimo! que Jesús ha vencido todo por lo que pasarás o pasas ahora. Él te ayudará a salir adelante! Pero tú tienes qué querer dar pasos, tú tienes qué querer levantarte, tú tienes qué querer salirte de estar encerrado, encerrada sobre ti, aislado, aislada y querer hacer lo que haría Jesús en tu lugar. Pregúntale allá en tu corazón al Señor: ¿Jesús, qué harías tú en mi lugar?
Aprender a aceptar con paz la muerte como una etapa más de la vida humana es sabiduría. Verla como amiga, como hermana es sano, pero cuánta gente lucha en su interior, cómo agoniza quien no acepta irse del mundo porque tiene demasiadas cosas o porque piensa que sus seres queridos le necesitan mucho. Pero mi hermano, mi hermana que escuchas: nadie es indispensable en este mundo. Todo es tan relativo.
Quizá tú que escuchas, en este duelo te experimentas como desposeído, como desposeída, como privado de algo, como estar despojado o partido por el golpe. ¿Sabes?, la profundidad del dolor que se experimenta en esa pena, está en relación al poco, o mucho apego que sientes por esa persona que ha partido antes que tu. Pero no te asustes. La pena que se siente, es válida, es normal.
Es bueno también que sepas que, cuando se reacciona en exceso ante una pérdida que no parece ser muy significativa, es decir que si te impresiona mucho una muerte que no te puede mucho pero que te hace reaccionar con dolor grande, es probable que esta partida, haya abierto una pena del pasado que estaba sin sanar, sin resolver, y lo que tendrás qué hacer es volver a entregar al Señor escribiéndole una gran carta, en donde le escribes tu aceptación, tu dolor.
Para morir uno mismo con sabiduría y para dejar que otros partan, será necesario querer ser libres interiormente, libres de todo y de todos, con el corazón apegado solamente a Dios.
También hay personas que pasan por varias pérdidas en un corto período de tiempo. Esto es muy doloroso, es algo que no se puede describir, pero desde la fe adulta te decimos que aunque te encuentres en el abismo de la tristeza, allá está el Señor Dios animándote, consolándote, esperándote. Sólo necesitas querer abrirte a su amor. ()
La reacción que algunas personas tienen ante las pérdidas de éste tipo, cuando se pierden 2 ó 3 seres queridos o la familia completa en un solo golpe o en pocos meses, es que se cierran al amor y echan fuera a Dios, creyéndose castigados por Dios como si Él hubiese querido ese accidente o esa enfermedad o ese suicidio o secuestro o crimen. En realidad Dios no te ha enviado ningún castigo, porque sencillamente Dios no castiga.
Dios nos deja en libertad para que decidamos, así como Dios dio la libertad a ese que iba manejando mal o a ese que apretó un gatillo o enterró un puñal e incluso Dios dio la libertad a ese ser querido tuyo antes de quitarse la vida. Dios respetó al médico, al desarrollo natural de un infarto al miocardio, de un virus o una bacteria en el cuerpo de ese ser querido, etc., más sin embargo, no estamos a la deriva, porque de todos los aparentes males, el Padre Dios saca bienes y que si las cosas sucedieron así, fue porque él respeta el metabolismo o funcionamiento de cada cuerpo y porque respeta la libertad de las personas. Y si tu caso es que tu ser querido se suicidó, sólo te decimos que no temas, que entre el puente y el río, está siempre el infinito amor del Señor. Quédate ya en paz.
Dile ahora mismo al Padre Dios allá en tu corazón: Padre, haya sido como haya sido o vaya a ser como vaya a ser Dios mío, quiero abrirme a la fe. ¡Te necesito! ¡Enséñame a confiar en ti mi Señor! Jesús, enséñame a creer en el amor de Dios! ¡Enséñame a amar verdaderamente, enséñame a no apegar mi corazón a nadie, enséñame a no tener miedo a amar por el temor a que se mueran las personas o los animalitos. Quiero creer, quiero amar Jesús, Amado mío. Ayúdame Señor, te amo Señor.
Mi hermano, mi hermana que escuchas, déjanos decirte que ante el duelo, debes darte permiso para llorar, seas hombre o mujer, pues algunas personas reprimen su dolor porque piensan que llorar es un síntoma de debilidad y que tienen que ser fuertes. Se puede permanecer fuerte aún en medio de las lágrimas. Pero que esas lágrimas no sean de lástima por ti, o porque te sientas culpable de que no hiciste lo que tenías qué hacer o porque no dijiste lo que tenías qué decir, sino una manera de desahogar el dolor que se experimenta muy dentro. Puedes hacerlo, pero no sólo, sola sino con Jesús que está en tu corazón amándote y consolándote aunque tu no fe insinuara que él te ha olvidado. Dios en su Palabra hoy te dice: “Yo nunca te olvidaré”.
Puedes creerlo con toda certeza: Dios siempre te sostendrá porque sencillamente te ama con locura, pero tú mismo, tú misma necesitarás tratarte con mucha ternura y sin remordimientos, comprendiendo que haya sido como haya sido, o vaya a ser como vaya a ser, es así y ante lo que no puedas cambiar, te toca abrirte al amor que sana y que salva. Te toca abrirte a la fe adulta y aunque dijeras: ¡es que no tengo fe!. ¡Alégrate con esto que vas a escuchar!:
Dios es fiel y te ha dado ese don precioso aunque tú no lo hayas puesto a caminar, pero si tú quieres, ha llegado la hora de abrirte en fe adulta, a su amor que sólo desea que seas un ser humano apoyado no en brazos humanos sino en los brazos de Dios. Brazos que ahora mismo están abiertos para ti.
Pero veamos ahora cómo es el proceso sano de un duelo.
El 1er paso es entrar en el impacto y la negación, es decir que de momento no lo crees, no sabes lo que está pasando como si todo fuera una pesadilla o un sueño. Este primer paso, puede durar bastante, desde unos 15 días hasta unos meses. Cada persona reaccionará diferente, y caminará en ritmo distinto su proceso, porque dependerá de su educación, de sus vivencias, y sobre todo de la apertura que tenga en fe adulta y al amor que tenga a Jesús el Señor, pues esto último le impulsará y estimulará a vivir todo esto con madurez, como lo haría Jesús, el Señor.
Algunas personas experimentan un dolor insufrible, como si el ser entero estuviera partido en mil pedazos, teniendo profunda agonía llorando muy frecuentemente con una sensación muy grande de soledad, de desolación como si el mundo se estuviera tambaleando y desintegrando. A veces, la persona en duelo puede pensar que ve u oye al que se ha ido, o que habla con él en sueños. O que está permanentemente allí, que no se ha ido todavía. Todos estos fenómenos son normales: tienen su base en los esquemas mentales de antes y pueden darse durante algún tiempo pero con el tiempo desaparecen. Sería anormal y enfermizo que esto lo propiciara así la mente de quien se quedó, toda la vida.
Cuando ya se tiene conciencia de la perdida se vive el 2º paso en donde es frecuente que aflore en ti, el sentimiento de culpa. Es normal pues la mente vuelve al pasado y ve las oportunidades perdidas, para tratar a quien se fue con dulzura, con amor, con atención, con cariño, incluso se puede buscar entre los recuerdos una causa de la enfermedad o de la muerte de esa persona querida y muy frecuentemente se puede pensar que uno mismo es el culpable.
“No debí de haberle dejado solo, sola”. “No hice todo lo que pude haber hecho”. “No debí de haberle dejado salir a este paseo o nunca le hubiera prestado la moto, el auto”. “No debí de haberle sido infiel”. “No debí gritarle”. “Debí de haberle prestado más atención”. “Debí de dedicarle más tiempo”, y la lista no terminaría, así como también se buscan culpables: “Aquél que le gritó”...el médico que no hizo lo que tuvo qué hacer....y toda esta larga lista va haciendo que te sientas que no mereces perdón, o que tienes qué vengarte, entonces te niegas a querer salir del período normal del duelo y comienzas si fumas o tomas, a fumar y a beber más, a no querer comer, a quererte morir, atrapado, atrapada en tu mente, aislándote o tratando de hacer en otros -como para pagar una deuda-, lo que te faltó hacer en tu ser querido que ya no está.
¿Sabes?
Un sentimiento de culpa no resuelto en tu interior, puede impedirte llorar
o llorar incansablemente y no permitirte tú mismo, tú misma
poder soltar sanamente, en tu mente a esa persona querida para continuar viviendo
con calidad y como Dios quiere, tu vida.
Quien tiene sentimientos de culpabilidad, se auto castiga con todo esto, sobre
todo cuando es el cónyuge quien murió y tú en su vida
le fuiste infiel ¿Pero quién eres tú para juzgar a los
demás y a ti mismo, a ti misma? Sólo Dios conoce los corazones
y por qué somos así. El Padre Dios, nos ve con bondad, con ternura;
no nos trata como merecen nuestros pecados dice el salmista; no nos trata
como merece nuestro egoísmo. Él nos ama incondicionalmente y
nos quiere maduros en Él y felices en Él. Ahora mismo necesitas
querer comenzar a perdonarte, a comprenderte o a perdonar y comprender lo
que necesites perdonar y comprender.
Pues bien, cuando aceptas que efectivamente has tenido una pérdida, y comienzas a tener conciencia de ello. Pasas al 3er paso, que es como entrar en conservación o retraimiento en donde la impotencia es la que aparentemente impera, y este tercer paso, o lo vives en fe, o no vivirás ni dejarás que los demás vivan, porque quien decide amargarse, y encerrarse, amarga y ata a los demás.
Vivirás rumiando lo que tú llamas humillación o fracaso. En realidad el fracaso y la humillación no existe más que en tu mente y cuando tú mismo, tú misma decides llamarte fracasado, fracasada y llamarte a ti mismo abandonado, abandonada, sólo, sola, vivirás entregado, entregada a la autocompasión y hacer esto, es enfermizo, no es sano y te puede sumir en un egocentrismo camuflado, en inmadurez, en angustia, en infelicidad, y tal vez hasta en la locura, pero, te decimos que si este paso lo vives en fe adulta es decir esa fe que confía totalmente en que lo que Dios permite será para tu bien y el bien de los demás, y comienzas a aceptar que esa persona o esas personas no eran el centro de tu vida sino que el centro de tu vida es Dios, estarás caminando seguro, segura por la vía de la madurez como Jesús.
Si dejas ir mentalmente a esa o a esas personas libre y voluntariamente para que vivan la verdadera vida que es Dios, para que vivan sin dolor, en paz, en amor eterno, entrarás en el tercer paso de la recuperación, pero ya no viviendo egoístamente sobre ti mismo, sobre ti misma, sino que comenzarás incluso a querer darte a los demás. De hecho te recomendamos que trates de buscar algo que te ayude a ti y ayude a otros también.
Si en este tercer paso te permites abrirte a los demás, te llevará a vivir el 4º paso en donde comenzarás a reacomodar tu vida, e irás con la ayuda del Señor cicatrizando la herida, recuperando el equilibrio comenzando a recordar a esa o a esas personas no con ese dolor que paraliza sino con libertad de espíritu, contemplando en ellos la obra maravillosa del amor de Dios con todo lo positivo que dejaron en tu vida, pues hasta la persona más difícil y que la sociedad llama negativa, tiene en sí, la semilla del amor de Dios.
Finalmente se estará dando el 5º paso que es la recuperación y sanación, en donde a través del perdón incondicional a ti mismo y a los demás te reincorporas a la vida y te das la oportunidad de vivir alegre, feliz, en paz.
Dios nos ha hecho espíritus encarnados. Somos eternos por el espíritu y por el cuerpo, mortales. Estamos hechos para existir eternamente y por otro lado, algún día, en el tiempo habré, habrás de morir. Será pues normal que mi cuerpo, que tu cuerpo termine en huesitos o en cenizas. Será normal.
De ahora en adelante, cuando tu y yo veamos a alguien que terminó o como decimos, que murió o como dirá el hombre de la Biblia: que fue arrebatado al cielo o que se durmió, inmediatamente ábrete a la fe adulta y dile en tu corazón a él, a ella: “fuiste parte de este cuerpo que te sirvió en el tiempo, en esta tierra para conocer la bondad del Señor. Gracias a este cuerpo que el Señor te dio, experimentaste la alegría de llevarte el pan de cada día. Pudiste experimentar cuán bella es el agua, qué impresionante y poderoso es el sol, el frío, la noche, el día, el dolor purificador y el amor”.
Mi hermano, mi hermana que escuchas, la muerte física, es inevitable para todo ser viviente, y por muy dolorosa que nos parezca, la muerte física no se compara en nada a lo dolorosa que es la muerte espiritual es decir, la muerte óntica. La Sagrada Escritura nos habla de esta muerte casi en todos sus libros. Encontramos en el libro del Génesis una enseñanza muy profunda sobre lo que me puede o te puede causar la muerte eterna o muerte óntica.
El Señor Dios, pone frente al ser humano el árbol de la vida que simboliza su Palabra Santa. Y si decides libremente desobedecer al Señor y prefieres hacer tu voluntad, si prefieres odiar, guardar rencor, ser grosero, grosera, chismoso, chismosa, lujurioso, lujuriosa, avaro, avara, si prefieres no querer amar, no querer tener compasión por quien te ofendió o te causó mal, si no prefieres tener misericordia, si prefieres tu cerrazón, si no quieres ser profundo, profunda ya desde aquí y ahora, si no quieres orar en silencio y soledad ante la Palabra del Señor, si no quieres ayudar a los demás, es cosa tuya pues Dios, tu Padre respetará siempre tu libertad y todo esto que haces en contra del amor verdadero, irá causándote la muerte óntica es decir, que aunque tengas vida física, si el centro de tu vida, la motivación de tu diario vivir no es Dios, si el amor de Cristo no es quien te lleva a perdonar, a luchar, a orar a servir, a darte, ya puedes decir que estás más muerto, más muerta que alguien que a pesar de pasar por muchas tribulaciones pasó por este mundo, haciendo el bien a quien encontrara a su paso como Jesús, porque sabía en quién tenía puesta su esperanza hasta el último momento de su existencia terrena.
La muerte física pues, no hará nunca que dejes de existir, como tampoco han dejado de existir quienes se nos han adelantado, más bien, la muerte física consiste básicamente en una separación. La muerte física es la separación entre lo físico y lo espiritual, entre el cuerpo y el alma. Dice Jesús el Señor en el evangelio de Juan que “Los lazos del espíritu son más fuertes que los lazos de la carne”.
Si tú que escuchas, niño, joven, o adulto, has pasado o estás pasando por el paso fuerte de una muerte es decir, de una separación física definitiva y crees que has perdido a ese a esa o a esos seres tan queridos y valiosos, ¡recibe el consuelo del Señor!, pues en la infinita misericordia y amor infinito del Señor, seguro que ahora vive o viven en Dios, en su amor, en su paz, en la Plena Felicidad, y si Dios habita en tu ser, en tu alma y si él o ella habitan en Dios, entonces también vivirán por siempre en tu corazón. Pero recuerda que tendrás qué dejarlos ir, para que vivan su vida nueva, y tú tienes qué seguir adelante con alegría la vida que todavía Dios quiere que vivas, aquí. Amén. ()
NO TE RINDAS ANTE EL DUELO 2
Hoy comenzamos esta segunda parte de este tema que hemos llamado No te rindas ante el duelo diciéndote que, muchas personas en el mundo, por no querer madurar no quieren soltar su dolor y dicen: “¿Sanar yo? ¡Ay sí pero no! ¿Ponerme en la senda de la curación? Pero qué te crees….¿Soltar mi sufrir? ¡Si, pero tú no sabes qué pérdida ha sido esta para mi! ¿Necesito ayuda? ¡Sí pero qué tremenda humillación! Ni creas que voy a correr el riesgo de descubrir lo que hay en mí interior, ¡qué horror! ¡Y aunque estoy hecho, hecha un lío, mejor será que me quede así que desenredar mi ovillo y ver lo que soy por dentro: mis dolores, goces y placeres, mis trampas, mi propia responsabilidad y mis deseos, mis mentiras y verdades, mi auténtico ser. Estoy hecho, hecha polvo, pero será mejor huir de mí que salir a mi encuentro. Y es que en el fondo tengo tanto miedo! ¡Ay me duele!
¿Sabes? El impulso de curación forma una trenza con las resistencias a sanar. Nos damos decenas de motivos lógicos para, penosamente, continuar pudriéndonos en la enfermedad, o sea en el sufrimiento, en lugar de cuestionarnos o emprender un proceso de cura. Ahora bien, las resistencias de fondo son inconscientes. Veamos sólo dos:
1.-"Beneficios" secundarios de no salir de un duelo: ventajas, coartadas, justificaciones, privilegios, comodidades, huidas. Por ejemplo eludir un trabajo o esfuerzo, no afrontar responsabilidades, recibir atención y amor, justificarse socialmente, ocupar cierta posición en la familia, manejar las relaciones, no toparme con el dolor y el goce que hay debajo.
2.-Resistencia a reconocer el estado en el que estoy y admitir que por mi mismo, por mi misma no puedo salir adelante. Ver esto me tiraría del pedestal de que yo sólo, yo sola puedo, lo cual conlleva una herida narcisista, una humillación, una desidealización de mí, en fin, verme derrotado, todo lo cual constituye, paradójicamente, el requisito para iniciar la curación en pos de la victoria de ser quien soy para estar mejor en la vida.
Puede que haya una necesidad inconsciente de castigarte, y así el síntoma emerge como solución fallida para expiar tus culpas inconscientes o para aplacar a tus perseguidores internos: tu juez implacable, tu ogro.
Al duelo lo conviertes en tu compañero fiel, tu refugio de algodones espinosos, y perderlo te dejaría solo y desnudo ante ti mismo, ante ti misma. Mejor persistir extraviado, extraviada y sufriente con el dolor en el calorcito de tu cubículo conocido, que salir a las grandes avenidas y laberínticas callejuelas de tus verdades internas donde podrías hallarte y curar.
Mejor anquilosarte en tu rincón de siempre es decir, mejor detener el proceso de madurez, mejor aferrar tu ser apegándolo antes que ser libre interiormente, mejor elegir castigarte, que transitar por tus parajes abiertos bosques y desiertos, ríos y mares, charcos de fango y pozos de agua cristalina, senderos y carreteras, sol y lluvia, días y noches, dolores y disfrutes, vida, vida, vida...).
Tú que escuchas, Dios te ama, porque Dios es amor. En la primera carta de Juan 4, 7 y siguientes dice: Queridos hermanos, debemos amarnos unos a otros porque el amor viene de Dios. Todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor. Dios mostró su amor hacia nosotros al enviar a su Hijo único al mundo para que tengamos vida por Él. El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados quedaran perdonados.
A Dios nunca lo ha visto a nadie, pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros. Dios envió a su hijo para salvar al mundo y no para condenarlo. Donde hay amor no hay miedo. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el miedo, pues el miedo supone el castigo, por eso, si alguien tiene miedo, es que no ha llegado a amar perfectamente.
Hoy, aquí y ahora, pregúntate allá en tu interior si ¿Aún crees que todas las equivocaciones, el egoísmo que tuvo en esta tierra tu ser querido que se fue, son más fuerte que el amor incondicional del Señor Dios? ¿Crees que Dios juzga como tú? ¿Crees que Dios te juzga como tú te juzgas?
¿Qué crees que sea más grande: Jesús en la cruz exclamando frente a quienes le habían causado dolor, daño, muerte: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”, o la incomprensión de sus hermanos de raza, la traición de sus discípulos, la flagelación, las bofetadas y burlas, la corona de espinas, la hiel, los clavos atravesando el cuerpo de Jesús? ¿Crees que es más fuerte el pecado, el egoísmo, que la gracia, que el amor de Dios?
Dios, nuestro Padre celestial, no manda al infierno a nadie. Pero…., ¿Qué es el infierno? Infierno es vivir sin Dios. Y aún en esta vida puedes vivir esa realidad del infierno cuando prefieres no amarte y no amar. Sí, infierno es ese estado en el que tú y yo preferimos vivir sin Dios, cuando preferimos vivir en el egoísmo es decir, cuando preferimos morir pues vivir sin Dios es morir.
Somos nosotros los seres humanos los que decidimos qué vivir ya desde aquí y ahora y entre más egoísta prefiramos ser, más miedo le tendremos a la muerte.
Vives en el infierno ya desde aquí cuando no quieres hacer lo que manda Jesús: Amar al Padre Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el ser y a tu prójimo como Dios te ama a ti.
Infierno, triste realidad del hombre que se puede perder y cerrar sobre sí mismo como en una cápsula cuando se deja llevar de la no fe, del no amor. Cristo el Señor vino a predicar la libertad en Dios y a ofrecernos a nosotros, capullos, una oportunidad de convertirnos en una espléndida mariposa.
Jesús el Señor sabía la posibilidad que el ser humano tiene de construirse un infierno, por eso un punto esencial de su predicación consiste en siempre llamarnos a la conversión. Convertirse...volver al buen camino, volverse a Dios. Y cuando el ser humano se endurece en su mal y muere físicamente de ese modo entra en un estado definitivo y eterno de total frustración de su existencia.
Es la infelicidad máxima a la que el hombre puede llegar, y para que comprendiéramos esta realidad espiritual llamada infierno, la Sagrada Escritura la llama fuego que no se acaba, fuego ardiente, horno de fuego, lago de fuego ardiente como azufre, lugar en donde se rechinan los dientes.
Y aprovechamos para decirte que hay personas que se atreven a juzgar el destino último de quien murió. Sea como haya sido incluso si fue por suicidio, no somos quién para juzgar. Dice Teresa de Jesús, que entre el puente desde donde alguien saltó y el río, está la misericordia del Señor.
Y no estamos apoyando el suicidio, pues te decimos en primer lugar que sólo Dios es dueño de la vida. Sólo él la da y la quita, además el suicidio es un acto de total cobardía y va en contra del proyecto de Dios sobre el ser humano y te recordamos que ese proyecto es ¡El amor!. Y aunque no hubiese nadie sobre la tierra que te amara, ¡Te ama Dios! ¿No te basta?. Además déjanos decirte un secreto para ser feliz: “NO ESPERRES NADA DE NADIE. ESPERA TODO DE DIOS Y DE TI. POR ELLO TE INSISTIMOS QUE NECESITAS COMENZAR A TRATARTE CON MUCHA TERNURA, CON MUCHO AMOR COMO TE TRATA EL SEÑOR DIOS”.
Pues bien, continuamos diciéndote que para el hombre antiguo, el fuego es el símbolo de lo más doloroso y destructor y quiere expresarnos la situación desoladora del hombre definitivamente alejado de su Centro, del camino verdadero, del camino fundamental, el amor y de la felicidad eterna que es Dios.
Esta situación es tan desoladora y angustiante que se le compara al dolor y a los tormentos que el fuego provoca al cuerpo. El fuego pues del infierno es una figura para que nos demos cuenta y tengamos idea de lo que podrá ser la absoluta frustración del ser humano alejado de Dios llamado a la libertad y prefiere vivir y terminar su vida terrena encerrado, encerrada en la cárcel de sus heridas, de su autosuficiencia, resentimiento, soberbia, egoísmo orgullo, y llamado a la luz, prefiere las tinieblas, llamado a vivir en la casa paterna con Dios, prefiere vivir fuera en una existencia vacía, superficial, sin fe, sin esperanza, sin amor.
Al ser humano se nos olvida que vamos a morir y como imaginas que las personas estarán contigo siempre, las tratas como sea, difícilmente les amas y les dedicas de tu tiempo y atención y cuando no piensas que esas personas o tu mismo, tu misma puedes morir, comienza a dejarte llevar de rencores, tratando a esas o a esta persona de la manera más fría, indiferente, grosera, egoísta.
Es necesario vivir en actitud vigilante pues Jesús en el Evangelios y en el Apocalipsis nos dice que vendrá como un ladrón que entra por la noche a una casa es decir, sin avisarte. La muerte, la separación definitiva tuya y de los tuyos será cuando menos lo esperes y te decimos esto no para que vivas angustiado, angustiada, miedoso, miedosa ¡no!, sino más bien deseamos y te invitamos en el nombre del Señor Jesús a aceptar libre y voluntariamente la manera como vas o van a morir: como sea, sea por enfermedad o caída o accidente o balazo o secuestro o inundación, o fuego, como sea, pues de todas maneras si vivimos, somos del Señor y si morimos, somos del Señor y no olvides nunca que el Padre Dios de los aparentes males, saca bienes eternos.
Así que de nada sirve o de nada servirá pasarte la vida echándote la culpa o echándole la culpa a los doctores o a quien provocó el accidente, el crimen o el secuestro pues hacer esto, te hará ser una persona que a la larga morirá renegando, incrédula, lleno, llena de amargura, de frustración, de infelicidad.
En una actitud de fe adulta, ya pensaste como estuvo María de Nazareth, la madre de Jesús el Señor, al mirar a su Hijo en la cruz? ¿Crees que se la pasó gritándole a los soldados romanos? ¿Crees que renegó del Señor Dios y enojada le gritó: ¿Por qué?, pero si su mismo hijo exclamó: Padre....en tus manos encomiendo mi vida. ¿Quién perdió?. ¿Jesús o quienes le condenaron y le clavaron?. ¿Crees que María y los discípulos vivieron amargados, miedosos infelices?. ¡No!.
Mucha gente no vive, agoniza pensando en que el novio o la esposa o los hijos, los amigos, los padres van a morir. Todos vamos a morir pero ¿sabes?, por superficiales, por no interesarnos en conocer más profundamente quién es Dios, porque no nos interesa su amor aunque tal vez hasta vas a la Iglesia los domingos o entre semana y recibas al Señor en tu corazón y a pesar de ello te mueres de miedo porque en realidad no crees, no confías y el centro de tu vida no es Dios, por mundano, mundana, pierdes la visión de fe adulta.
Y no estamos diciendo que entonces es malo que nos duela o que no debemos de sentir la separación no, pues somos seres humanos que sentimos, ¿cómo no va a dolernos?. Dice el Evangelista San Juan 11,33-35 sobre la muerte de Lázaro que Jesús al ver llorar a María y a los Judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció y les preguntó: ¿Dónde lo sepultaron?. Le dijeron: Ven a ver y Jesús lloró....entonces los judíos dijeron ¿miren cuanto lo quería!.
Si tú que escuchas, si tus lágrimas son de amor, entonces te purificarán, pero si tus lágrimas son porque temes a la soledad o son lágrimas o llanto desesperado porque sientes culpabilidad por no haber hecho nada o poco, porque no pediste perdón o negaste el perdón, será mejor en el nombre de Jesucristo que comiences a abrirte al amor del Señor.
Escucha: tu ser o tus seres queridos seguro que ahora te comprenden y te perdonan si hay algo que perdonar pues dice el psicólogo clínico Ignacio Larrañaga que si supiéramos comprender no haría falta perdonar y viviríamos en la paz.
¿Por qué no cierras tus ojos y en fe adulta comienza a decirle al Señor Dios que te permita hablar allá en tu profundidad y en fe adulta a tu ser o seres queridos. Pídeselo en tu corazón, interiormente, en silencio y con mucha paz dile:
Dios mío, ¡Te amo!. Dios mío, ¡Te amo!. Dios mío, ¡Te amo!,¡Te necesito Señor!.¡Te necesito!. ¡Te necesito!. Sabes lo que me pasa, lo que siento. Estoy como petrificada por este sentimiento de vacío...de soledad, desde la punta de mi cabeza hasta la punta de mis pies. Estoy como suspendido, suspendida en el tiempo. Parece que el tiempo se detuvo...parece como si me fuera a devorar, ¡ayúdame!.
Son muchos los pensamientos negros que me torturan... la sorpresa de la muerte...los recuerdos fúnebres...el vacío...el amor herido...el apego desangrado. Señor, ¡ayúdame!. Dios mío, desde ti, y contigo, necesito hablarle al corazón a (y tú en tu corazón menciona si es mamá, papá o tu esposo, tu esposa, tus hijos, tu amigo, tu amiga, menciona su nombre).....y en este momento trae a tu memoria los recuerdos más dolorosos como el momento en que te enteraste de la muerte de tu ser querido, pero mira como no estas solo, sola sino que está Jesús contigo y dile a él o a ella o a ellos cuánto te dolió...qué sentiste...con qué fe lo viviste o quizá lo viviste desprevenido, desprevenida. Hazlo con mucha paz , desde la fortaleza, la luz y el consuelo de Cristo y comienza a hablar en tu interior.
Ahora mírale y dile: Lo que veo en mi mente en este momento de tu muerte, fue parte de ti, pero ya no eres tú. Ahora existes en Dios. Vives en Dios. Murió tu cuerpo, sí, pero tu ser, tu espíritu, tú, no. Estás vivo, viva. Feliz...resucitado...resucitada.
Hoy, aquí y ahora, en el nombre de Jesús y bien cogido, cogida de Él, te entrego a Dios, te dejo vivir la vida que tienes que vivir ahora, te dejo vivir la vida en Dios.
A este cuerpo la tenemos que poner en un lugar material porque así es: la vasija de barro vuelve a la tierra, pero el tesoro que eres tú, ahora está en las manos del Padre amoroso...de Dios. Se en la fe adulta, esa que confía sin límites en que lo que el Padre permita es para nuestro bien, que tú está vivo, viva, que tú vives en Dios y aunque mi ser se experimente deshecho por tu ausencia, con la esperanza que me da la fe puedo decir: “¡aleluya!, ahora estás en el cielo, ahora estás en Dios ¡aleluya!. Ahora ya no sufres, ahora ya no existe el dolor para ti, ahora te has encontrado definitivamente con quien realmente eres feliz, con quien te ama y te amará incondicionalmente y eternamente”. (Y tú, en el silencio, en fe, repite esto varias veces, cada vez con más fe, con más amor, con más confianza en Dios).
Hoy, aquí y ahora, tú que escuchas, has puesto a caminar tu fe...fe viva que cree que sólo el Señor da y quita la vida. Sólo el es nuestro dueño y Señor. Ahora dile al Señor, tratándote tu mismo, tu misma con mucha suavidad pues así habrás de tratarte: con ternura, con delicadeza, esperando todo de Dios y de ti:
“Yo no se nada Padre mío, solamente se que me amas, entonces quedo en silencio es decir, acepto lo doloroso de todo esto y aunque mi ser esté como despedazado y sienta que no puede más, acepto la separación, acepto que ahora mi ser querido (y tú menciona su nombre allá en tu corazón), viva en ti, viva contigo. Ya no quiero martirizarme en mi mente. Por el amor que me tuviste al haberme dado a Jesús para que muriese por mi en la cruz, acepto todo. Todo está bien, me abandono a ti. Haz de mi lo que quieras, porque tu me amas, porque tú eres mi Padre.
(Y repite y repite hasta que vayas experimentando esa paz que viven quienes
han traspasado el tiempo para entrar en la eternidad es decir quienes han
resucitado y tu ser querido ha resucitado).
Y quédate así, con tus ojos cerrados escuchando lo siguiente:
“Para esto murió Cristo y volvió a la vida, para ser Señor de vivos y muertos. Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos Por ello, los muertos, de los cuales es Señor aquél que volvió a la vida, ya no están muertos sino que viven. Ahora reina la vida sobre ellos. Ahora ya no temen la muerte del mismo modo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere.
Así resucitados y liberados del egoísmo ya no volverán a experimentar la muerte sino que tendrán parte en la resurrección de Cristo, como Cristo tuvo parte en la muerte por la que pasaron. Para esto precisamente bajó Cristo a la tierra, para sacar nuestra vida del egoísmo y transformar nuestra esclavitud en verdadera libertad.
Ahora quienes mueren en Cristo suben al cielo es decir, entran a vivir en Dios y permanecen con quien les ha llevado a las alturas es decir, a vivir en el amor puro y perfecto.
El Apóstol Pablo hablando de la resurrección de los cuerpos afirma claramente: Se siembra un cuerpo natural, y resucita un cuerpo espiritual, es decir, un cuerpo transfigurado a imitación de la gloriosa transfiguración de Cristo, nuestro guía, nuestro verdadero amor.
Pablo nos enseña el futuro de toda la humanidad gracias a Cristo el cual transfigurará nuestro cuerpo de humilde condición en un cuerpo glorioso semejante al suyo. Y si la transfiguración es una transformación en cuerpo espiritual, si este cuerpo espiritual es a semejanza del cuerpo glorioso de Cristo entonces podemos decir que Cristo resucitó con un cuerpo espiritual; y este cuerpo es el mismo que fue sembrado en la tierra, el mismo que ha sido cambiado en un cuerpo lleno de gloria. Y habiendo puesto junto al Padre este cuerpo glorificado como primicias de nuestra naturaleza, allí colocará también a todo el universo tal como prometió cuando dijo: “Cuando yo sea levantado, atraeré a todos hacia mi”.
¿Sabes? Cristo es la esperanza de todos los creyentes. A los que se van de este mundo los llama durmientes, no muertos pues el mismo dijo: “Nuestro amigo Lázaro duerme”.
Y el apóstol Pablo no quiere que nos entristezcamos por los que se han dormido pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo no morirán para siempre ya que por la luz de la fe sabemos así como él no murió, tampoco nosotros moriremos. Así que debe animarnos esta esperanza en la resurrección porque volveremos a ver más tarde a los que ahora se nos han adelantado. Sólo basta que creamos en Cristo, y obedezcamos su mandamiento del amor.
No nos asustemos pues de nuestra fragilidad ni de nuestras lágrimas. Que nada haga vacilar la fe del espíritu pues esta nos dice que la muerte ha sido vencida. ¡Oh muerte!, ¿dónde está tu aguijón, dónde tu victoria?. Hoy Señor, aquí y ahora quiero decirte: Tú me lo diste, tú me la diste y a ti te lo doy, a ti te la doy.
Todo es tuyo Señor. Solamente te pido: dame tu amor y tu gracia que esto, me basta. Me bastas sólo tu Oh mi Señor. Mi Dios. Mi amor. Amén.....
Si tú que escuchas, no aceptas que algún día vas a morir, si padeces alguna enfermedad incurable pregúntate: Si no supieras que no tienes remedio, ¿cómo vivirías?. Si no supieras que vas a morir, ¿buscarías al Señor tu Dios seriamente?. ¿Sabes?, hasta la persona más sana va a morir a lo mejor pisando el jabón en la regadera o al encender una estufa con fuga de gas o en el volante o...no sabemos.
Te angustias por lo que no sabes...te angustias que se mueran los demás...te angustias porque vas a morir...¡¡cuánta gente sana está muriendo a cada instante!!. ¡¡Basta de angustias!!. ¡Basta de vivir en la superficie, basta de estar dañándote por estar encerrado, encerrada en ti y pon tu vida en las manos del Señor y ofrécete unido, unida a Jesús por esta humanidad que prefiere hundirse en el mar del desenfreno sexual, de la infidelidad a sí mismos, de la envidia, huimos de nosotros mismos....huimos de Dios sin saber que le buscamos.
Y una persona que está rumiando lo que la no fe llama fracaso, es una persona inmadura infeliz y hace que los demás no sean felices. Pero ¡¡Despierta!! y date cuenta que lo único real y verdadero es este instante que tienes. Lo demás es engendro de tu loca cabeza, es decir de tus pensamientos negativos, de tus imaginaciones mentales.
Hoy aquí y ahora te decimos en el nombre de Jesús: ¡¡Se feliz!!. Los sentimientos de culpa, arrójalos en el amor de Dios. Reconoce lo que haz hecho mal confiesa tu pecado al Señor y sigue adelante. Conviértete a cada momento al Señor.
Y si tú que escuchas has quedado solo, sola, en primer lugar nunca estarás solo, sola pues en Dios te mueves eres y existes y él mismo lo dice: Yo estaré contigo todos los días de tu vida hasta el fin del mundo es decir hasta el día en que venga por ti. María madre de Jesús el Señor, también está a tu lado. ¡Búscala en oración!.
Y si tienes la posibilidad de salir e ir a algún asilo de niños o de ancianos o a algún albergue de jóvenes drogadictos o niñas de la calle, hazlo, pues escuchar a otros les ayudará y te ayudará a encausar tu dolor en amor hecho realidad; o también, si tienes la oportunidad de tener un pajarito o perrito o gatito o tortuguita, lo que puedas, ¡¡adelante!!, pues tener una vida bajo tu responsabilidad hará que te salgas de ti mismo, de ti misma.
¿Sabes?, el Señor Dios hace maravillas con los sencillos de corazón.
Aceptamos que estés tal vez desecho, desecha 15 días o un mes o un par de meses más, pero en medio de esos días de purificación ¿o no es verdad que el amor se purifica en el fuego de la prueba como se purifica el oro?, pues en medio de todo deja que la fe en el Señor alumbre tu mente tu corazón y dirija tu nueva vida.
Te repetimos lo que mencionamos hace unos instantes: busca personas a las que puedas ayudar, tal vez en una casa para niños abandonados o un asilo, sirve en tu Iglesia, ve a los que se encuentran más solos, solas que tú. Y di en tu interior, en tu corazón a donde quiera que vayas: “Jesús Nada temo porque tú estás conmigo. Tu amor y tu Gracia me sosiegan” y déjate siempre amar por el Señor.
Pertenezcas a la denominación que pertenezcas, vive en la fe el celebrar al Señor y escúchale en su Palabra, para que su Palabra vaya convirtiéndote en un verdadero ser humano que vive a Cristo en su corazón, en su vida, porque cree en la resurrección y cree que es posible seguir la vida con alegría, con optimismo, con poder porque sabe en manos de quién ha puesto su vida y porque sabe que Mayor es Cristo que todo dolor.
En tu diario vivir, recuerda a tus seres queridos a él o a ella como obra maravillosa del Señor Dios. Recuerda la sabiduría que te transmitieron. Recuérdales en sus mejores momentos, y vívelos desde la alegría de Cristo Vivo, en tu corazón.
Lo que te haga daño y no te deje ser libre, el apego entrégaselo al Señor, suéltalo y déjalo en las manos de Dios para que Él y tu juntamente lo sanen. Pues la fe adulta, esa fe que se apoya en sólo Dios, no se desmorona ante nada.
Por último te decimos que la Sagrada escritura repite frecuentemente que el justo vivirá de fe es decir, el que busca de corazón al Señor, vivirá de fe. Fe que se abre a la Palabra del Señor que hoy te dice en 1 Cor 15,42-44:
“Lo que se entierra (y hoy podríamos decir, o se incinera), es corruptible; lo que resucita es incorruptible. Lo que se entierra es poca cosa, lo que resucita es glorioso; lo que se entierra es débil; lo que resucita es fuerte. Lo que se entierra es un cuerpo material, lo que resucita es un cuerpo espiritual y en los versículos 52. 53 nos dice que todos seremos transformados. Nuestra naturaleza corruptible se revestirá de lo incorruptible y nuestro cuerpo mortal se revestirá de inmortalidad y en los versículos 54-57 leemos:
La muerte ha sido devorada por la victoria. “Dónde está ¡Oh muerte!, tu victoria?. Gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo y en el capítulo 16,13 Pablo hoy nos dice: “Manténganse despiertos y firmes en la fe. Tengan mucho valor y firmeza”.
Nuevamente te decimos ¡que el consuelo de Jesús sea contigo! Tú no eres dios de nadie ni nadie es tu dios es decir que la inseguridad, el miedo, el terror a la muerte de otros o a tu propia muerte puede deberse a esto que vas a escuchar: a que tenemos como centro de vida a los demás como si fueran Dios o tu y yo nos sentimos dioses de los demás pero que no, que pensar y actuar así, es locura.
Somos necesarios, pero indispensables, nadie. Sólo Dios, con mayúscula, sólo el Padre, Jesús, su Espíritu Divino es Dios y sólo el es indispensable para cada uno de los seres humanos.
Y por si allá en tu corazón aún creyeras en un Dios castigador, vengativo y cruel, te decimos que Dios no tiene ira ni es justiciero como tu, como yo. Juan 3,16.17 dice en su evangelio que Dios nos ha amado tanto que nos ha dado a su Hijo único para que todo aquél que cree en él no muera sino que tenga vida eterna. Porque el Padre Dios no envió a Jesús para condenarnos sino para salvarnos. Además, la justicia de Dios, va en relación a su infinita misericordia y al gran proyecto que ha tenido para ti, para mi, para cada ser humano al crearnos, y este proyecto, el más grande que existe, es el Amor. El dolor en la vida es inevitable pero el Señor te da el ejemplo para no desmayar ante lo que parece fuego al rojo vivo, insoportable, insufrible, ante lo que parece que acabará contigo.
Pero el Señor te dice:¡ánimo” que Yo he vencido todo por lo que tú pasas. Yo soy la resurrección y la vida. El que haya muerto en mi, ¡vivirá!. Y si aún dijeras que tienes miedo ante la idea de la muerte, El evangelista Juan dice en su 1 carta que donde hay temor, no hay amor; es decir que si temes es porque no confías en Dios.
Y aún podrías decir: pero si era tan bueno...tan buena..era un bebé, un niño, una niña. Un joven, una joven, una mamá increíble, un papá ejemplar etc...te decimos que el ser humano es como la hierba que en la mañana nace y a la tarde se seca. ¡Somos así!.
Y si sabemos que somos así y lo que se sabe se espera, sería locura encerrarse mentalmente en un por qué absurdo, por qué, que reprocha: ¿Por qué Dios mío me mandaste o me mandas esto?. ¿Por qué te lo llevaste?. ¡por qué!. Porque no somos eternos físicamente hablando. Porque es normal. Visión de fe. la fe será y es la única salida de liberación.
Tú y yo no sabemos nada. En la sabiduría de Dios él si sabe todo. Por ello será bueno que hagas tuya la oración de Jesús en el Huerto que parafraseándola podríamos decir:
“Yo no se nada Padre mío, solamente se que me amas, entonces quedo en silencio (no me martirizo en mi mente) y haz de mi lo que quieras, porque tu me amas, porque tú, eres mi Padre”.
Pero a pesar de todo, nuevamente podrías decir: pero ¿Por qué pasó de esta manera...esta enfermedad tan cruel, este accidente espantoso?...lo mataron o se mató...¿por qué?. Haya sido como haya sido, el padre no lo quiso pero lo permitió porque respetó la ley de la libertad humana, la ley de la naturaleza, y Pablo dice que todas las cosas las permite Dios para el bien de sus Hijos y de los males saca bienes.
Hoy, aquí y ahora, el Jesús te dice en el Evangelio de Mateo 11,28: “Vengan a mi todos los que están cansados y agobiados que Yo les daré descanso pues mi yugo es suave y mi carga es ligera”.
El Señor siempre nos está dando su gracia es decir siempre se te está dando él mismo, pero la falsa alegría mundana, el afán del dinero y los apegos que tienes no te han dejado escucharle en lo profundo de tu corazón.
Porque... ¿sabías que él vive en tu corazón, en ti?. Además te ama infinitamente como ama al ser humano que has visto tendido frente a ti. Tú no tienes por qué juzgarle pues sólo el Señor Dios sabe por todo lo que él o ella pasaron durante toda su vida. Lo que tú no comprendías de él o de ella, el Señor sí porque El es amor.
Este mensaje contenido en este casete, ha tenido la finalidad de acompañarte en tu duelo y pretende cada vez que lo escuches, darte la mano para que te levantes. Como la muerte puede llegarnos en cualquier momento, vamos a darte 4 pautas que te enseñarán a vivir más sabiamente el proceso de morir y de aceptar la muerte tuya y del ser que aparentemente has perdido. Escucha:
? Reconoce que tienes la necesidad de comprender y de transformar el sufrimiento.
? Será necesario que le pidas perdón si crees que debes hacerlo y perdonarle también para que puedas vivir ya no desde el apego, sino desde el auténtico amor cristiano.
? Prepárate espiritualmente para la muerte desde la alegría de Jesús vivo en ti.
? Desde la fe y con los ojos fijos en Jesús habrás encontrado sentido a la vida.
Por último, los moribundos, aún los que mueren accidentalmente, tienen una necesidad; la necesidad de decirte lo que vas a escuchar: “Decir adiós es algo muy difícil para ti, para mi, pero si no lo hacemos y te resistes a que muera, cuando empiece el proceso de la muerte, me será aún más difícil soltarme.
Me gustaría vivir más pero no puedo seguir luchando. Por favor, no mantengas esa resistencia contra mi, ni me pidas que siga luchando cuando ya ha llegado mi hora. Necesito tu bendición ahora, que aceptes en la fe mi partida, pues aparentemente estoy muriendo.
Sí, estoy muriendo o he muerto para la vida terrena más para la vida eterna, estoy naciendo. Dime que no pasa nada si me muero pues sabes y se por la fe, que sólo Dios es necesario. Lo demás, son apegos, el duelo por el que pasas es normal, ¡No te asustes! Ya pasará pues todo pasa, sólo Dios permanece.
Por favor, no te preocupes ni te sientas mal si llega mi hora cuando tú no estés a mi lado. Sí, tu presencia tal vez me ayudaría pero a lo mejor si hubieras estado se me hubiera hecho más difícil irme. Por favor di y haz todo lo que necesites cuanto antes, así no tendrás remordimientos si muero antes de lo esperado y cuando sepas que me he ido, suelta tus por qué, suelta tus sentimientos de culpabilidad, suelta tus sentimientos de horror a la muerte como si fueran malos pensamientos.
Recuerda
que me siento agradecido, agradecida por todo lo que has hecho y lo que más
necesito ahora es tu bondad tu alegría en el Señor, y que lleves
una vida recta, una vida iluminada por la Palabra del señor. Necesito
que ores no tanto por mi sino para que conozcas quién es el Señor.
Y simplemente sábeme feliz en el Cielo, con el Señor Dios. Amén
ORIENTACIONES PARA COMUNICAR A LOS NIÑOS QUE ALGUIEN HA MUERTO.
En primer lugar, durante su crecimiento, la vida nos da oportunidades para irlos preparando ante la muerte, podemos aprovechar a un animalito muerto en carretera, o por las noticias o al perder un cachorro, por la muerte del tío o del abuelo. Enséñales que la muerte es algo natural en la vida. Será muy positivo que los dejes llorar ante una pérdida.
La mayoría de los niños, temen más ser abandonados que a la misma muerte pues cuando se sienten parte de una familia que se quiere y se apoya, y que se trata con naturalidad a los moribundos; cuando se comparte tanto la risa como las lágrimas, la muerte no les provocará grandes temores. Nunca les ocultes la verdad, pero habrá que saberla decir, así que o te niegues a llorar ante los pequeños pues el niño, aunque tú no llores, experimenta su pena interiormente y a la vez experimenta un distanciamiento emocional y doloroso de parte de sus padres y hermanos si los tiene cuando le ocultan sus naturales sentimientos de tristeza, pues está aprendiendo a ver la muerte como algo malo o innatural y verá el dolor como algo que hay qué reprimir. Si el niño llegara a arrastrar hasta que se hace adulto esta pena, es muy probable que le sea difícil amar y confiar en sus relaciones futuras. Las pérdidas que vengan sólo agravarán su pena, su dolor, aumentando una culpabilidad no sanada.
Por ello será muy importante estar atentos a las palabras que utilizamos para referirnos a la enfermedad o a sus tratamientos, a los moribundos y a la muerte. Si un niño por ejemplo, ve en su cajita a su tía, y esta muy coloreada por los cosméticos que hacen que sólo parezca dormida y si tu les dices que está dormida, imagínate el terror al oír que su tía será incinerada o enterrada al día siguiente.
Los niños notan y responden al estrés que hay en la atmósfera cuando los padres reprimen sus sentimientos. En cambio las expresiones abiertas de tristeza y dolor en la familia tienen un efecto aliviador y sanador y le dan permiso al niño para que sienta su dolor, dándoles importancia extra pues en estos momentos se sienten muy inseguros, por ello necesitamos pensar en sus alimentos, y en cuidarlos o ponerlos al cuidado de alguien responsable. Si quien muere es uno de los padres, será muy necesario tranquilizarle asegurándole que no tenga miedo, que no quedará desprotegido.
Cuando los pequeños aseguren que han visto y hablado con la persona que se fue, será muy importante respetar la experiencia del niño y permitirle hablar de ella, aceptando que no sabemos todo sobre la muerte. Enseñar a orar a los niños es sumamente importante desde pequeñitos, pues la fe será la única salida de liberación y la mejor herencia que podrás dejar a los pequeños. El hacer un momento de oración, no fúnebre sino llena de la esperanza en Jesús resucitado, con cantos llenos de esperanza, ayudará a disminuir sus sentimientos de miedo o de inseguridad.
Los niños de edad entre los 4 y los 7 años, comprenden que la muerte es un estado final y permanente pero imaginan que ellos pueden escapar personalmente a la muerte. Imaginan la muerte como un ladrón o el coco, como alguien que puede ser vencido. Los niños con más de ocho años ya comprenden que la muerte es un final inevitable y que ellos también morirán algún día y viven la muerte de un familiar o amigo con aguda tristeza.
Los niños mayores, pre-adolescentes y adolescentes suelen enojarse por las muchas formas en que su vida se ve perturbada o se ven limitadas sus actividades debido a una enfermedad prolongada. Cuando se les permite compartir sus sentimientos y se les invita a responder al sufrimiento con compasión y con la oración se experimentarán menos aislados e impotentes en su duelo.
La adolescencia es el peor momento para experimentar una pena por la muerte de un ser querido pues está entre la vulnerabilidad de la infancia que quiere dejar atrás y la supuesta madurez y responsabilidad adulta que espera tener. El adolescente experimenta en grado sumo aislamiento y estrés, es decir sufre un dolor en su ser que le desorienta, hasta llegar a sentir rabia, especialmente cuando es su padre o su madre quien se ha ido. Por ello será muy importante ayudarle a canalizar toda esa energía, animándoles a que practiquen con el tiempo, algún deporte, una actividad artística, que oren diariamente, invitarle a la naturaleza, al campo, a un viaje, presentarle a personas diferentes, incluso a que hagan alguna labor social.



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